lunes, 10 de mayo de 2010

CUATRO MADRES

Tengo colgada una fotografía
enmarcada en madera chilena
en una de las paredes de mi dormitorio,
donde aparezco con un rostro que no quisiera,
destiñendo en esa profunda escena
que conforman mi madre al lado mio,
y al lado de ella, su madre.

Debo señalar por cierto, que hubo otra,
una que sólo conocí
como acompañante infante
en el Cementerio General de Santiago.

Pero sin duda alguna,
ésta, la de la foto,
cubrió a borbotones
la ausencia irremediable de las circunstancias.

Creo que es la única ocasión gráfica
que las tengo físicamente conmigo,
egoístamente conmigo.

Pero ¿de qué otra manera podría ser?
Mis acompañantes en pose fotográfica
dirían a coro: espiritualmente mijito!!

Desde mi racionalidad reconocida
debo no más que asentir,
porque aquí estamos hablando de amor,
de piel,
con la memoria viva, cada día mío.

En ese mismo muro
hay entre otras,
dos fotografías donde aparecen mis dos hijos,
muy chiquititos.

Las miro desde mi cama
acurrucado a mi mujer,
la que escogí
para que los pariéramos.

Habana/Recreo, 2010

lunes, 23 de noviembre de 2009

DISCURSO POR JOVENES PORTEÑOS MUERTOS EN DICTADURA

CEMENTERIO PLAYA ANCHA
VAPARAÍSO, 22 DE NOVIEMBRE 2009


Las lágrimas que el Coloro dejó el año pasado en este mismo lugar, acusan la pena y la rabia de la ausencia. Cada año en esta fecha y en un acto lo más cercano a lo militante posible, nos convocamos y reencontramos los mismos nostálgicos amigos y compañeros ochenteros para recordar al Chagui, que como ya se ha dicho en otras ocasiones, le toco morir en el lugar de cualquiera de nosotros.

Nuestra agrupación justamente toma por nombre el día de su muerte, y no directamente el de Gonzalo Muñoz que pareciera ser lo más lógico, ya que esta fecha nos cayó dura como guillotina marcando una diferencia en la práctica política hasta ahí abordada por nosotros, donde la impulsividad de la juventud, planificada o no, esquivaba con suerte o ingenio los zarpazos de la dictadura que siempre nos pisaba los talones. Ese 19 de noviembre de 1985 la muerte golpeó la puerta justo al lado de nosotros y la abrió un joven con 19 años recién cumplidos. Hoy nuestros hijos tienen esa misma edad e incluso más, y no puedo imaginar que alguien a esos cortos años caiga herido de muerte en un frío y asqueroso piso carcelario, cumpliendo una condena redactada por fiscales protegidamente en retiro.

Y como Gonzalo, otros jóvenes porteños lucharon todos los días hasta el último que nunca más vieron amanecer; como Luís Tamayo corriendo hacia la vida, saltando muros, escabulléndose hasta donde más no pudo; Carmen Gloria Larenas en su infinita juventud pobladora, con sus sueños vivos, encontrándose con una bala que nunca debió seguir ese recorrido mortal de mierda; el Zuki, Nelson Garrido, de seguro sonriendo hasta justo antes de que su cuerpo se diseminara por el espacio conspirativo, abarcando longitudes más allá de la libertad inalcanzable que siempre buscó recoger con sus propias manos; Marcelo Barrios que hace tres meses se cumplieron los veinte años de su asesinato. Estaban reservadas las últimas balas de la dictadura esperando a Marcelo ese 31 de agosto de 1989 para masacrarlo indefenso, todos contra uno, en su casa del Cerro Yungay, estableciendo también con todo descaro que habría impunidad, que la Marina no sería inculpada, que la Esmeralda seguiría navegando manchada de sangre, saludada con pañuelos blancos al viento y honores de la democracia. El Buque-Escuela, blanco orgullo milico y de la transición; cárcel flotante que todavía no limpia su pasado ni siquiera por un mínimo de respecto a las víctimas.

Me pregunto si valió la pena. Si fue necesario haber agotado hasta la última gota de sangre, hasta la última gota de vida para conseguir esta democracia cagona que nos sobró de la negociación o se nos impuso producto de nuestros propios errores o imprecisiones. Le preguntaría primero a sus familiares, a sus madres si valió la pena… después le preguntaría a la historia y al Partido. Le preguntaría también a quienes todavía no encuentran al Lolo Sepúlveda y a Jano Pinochet, que ni siquiera se les puede traer una flor a este cementerio.

Es la muerte que camina amarrada indisoluble a la justicia y la libertad o la vida que corre tan acelerada en su búsqueda. Por allí pareciera estar la respuesta porque de otra forma no entendería como es que se nos fue tan hermosa y plena juventud, tan necesario destacamento de jóvenes luchadores. Por eso es que el recuerdo de nuestros muertos es también el reconocimiento de la forma de haber enfrentado la política en un momento histórico concreto, con la necesidad y la urgencia requerida.

Ciertamente la pena y la rabia.

Arde cada poro nuestro cuando el Melqui enciende angustiado su cuerpo todavía encerrado en una cárcel del sur. O cuando el Barba de La Católica que había sorteado con éxito por tantos años a la dictadura, en el abrazo amoroso con su mujer a poco de haber retornado, esta vez, una bala punga, injustificada, no permite crecer esta familia ni que hoy asistiera a este acto. O cuando el Giorgio no soporta más, cuando la luz de su cámara no es suficiente para retenerlo.

Como no seguir con esta pena y esta rabia si el corazón nos sigue latiendo y al mismo lado.

Evidentemente que la rabia se mantiene porque el sistema que la provoca carece de todo sentido, de toda justicia, no tiene la más mínima consideración ni humanidad.

Se mantiene cuando el gobierno tiene cercado militarmente al pueblo Mapuche, cuando se les aplica la ley antiterrorista o cuando en un gesto incomprensible, la Presidenta nombra al Comandante en Jefe del Ejército afectada al parecer por el Síndrome de Estocolmo.

Pero miramos hacia adelante. Los niños como los que iniciaron este acto ciertamente que nos ayudan en este sentido, en retomar la esperanza, con la pureza de sus ideas sanas. Miramos hacia adelante pero reivindicando nuestra historia y pasado, sabiendo que estos dos elementos constituyen nuestra base genética; pasado que se presenta con toda la honestidad y con toda la fuerza de la razón.

Estos y otros niños observarán también en este período una ciudad plagada de retratos sonrientes y momios, cuidadosamente dadivosos, diseñados de acuerdo a lo que determinan las leyes de la publicidad y no precisamente las leyes de la decencia. Bueno, ésta es la otra historia, la que no teníamos programada, la que no se discutía en la mesa clandestina ni mucho menos en la barricada. Habrá que hacer lo que es correcto hacer.

Por lo pronto, institucionalizar esta fecha del 19 de noviembre, dentro del cronograma regional como la conmemoración y homenaje a los jóvenes porteños caídos en dictadura, no como acciones íntimas si no como manifestación popular, como tema reivindicativo en materia de Derechos Humanos y también como sistematización de un conjunto de acciones sobre Memoria Histórica para promover su reconocimiento, estudio, investigación, difusión y puesta en valor del trabajo, que no me cabe duda será de gran importancia para la lectura objetiva de las nuevas generaciones.

Y para quienes integramos el Colectivo 19 de Noviembre; recuperar las ganas y la confianza, a partir de la evaluación que nos permiten hacer estos cuatro años de trabajo colectivo, para que el acto de homenaje del próximo año sea lo más amplio y masivo posible, como en las primeras jornadas realizadas a puro corazón, que significaron instalar tanto la reivindicación histórica y el reconocimiento hacia nuestros compañeros como la legitimidad de nuestro trabajo organizacional. Para reinventarnos en la ampliación de nuevas propuestas. Para revitalizarnos en la acción cultural y política.

Para finalizar, un reconocimiento a los familiares y amigos de Miguel Woodward quienes han abierto este bello y emotivo anfiteatro que permite juntarnos y reivindicar a todos los luchadores sociales; un cariño inmenso para Gladis Aravena, la madre del Chagui y a todas las madres y familiares de nuestros compañeros que hoy recordamos en este homenaje. Un beso inmenso y agradecimientos también para la Yuli por su paciencia maternal que nos entrega a todos y un recuerdo eterno a la humildad ilimitada de la Margarita de La Loma.


Jaime Garnham

jueves, 13 de agosto de 2009



Saramago le advierte a la nerviosa y socialista sonrisa de Bachelet que ponga atención a la reivindicación mapuche (al parecer la única diferencia en la maternal estrategia concertacionista es que la presidenta usa faldas. El resto, el tratamiento de justicia, lo real, sigue igual y peor).

Rosende justifica a los pacos.
Perez Lloma se reune por dos horas con el cura Goic (parece que el pecado es grande)

Y el gobierno sigue negando la condición política de los presos mapuche.
Y el gobierno mantiene sitiado el territorio.

Y para las comunidades mapuche la rabia, el llanto, la impotencia.

.......................
Jaime Garnham
Con Con, 13 de agosto

lunes, 5 de enero de 2009

LOS GARNHAM DE GRANEROS

(Texto escrito para ser leído en el encuentro familiar del 3 de enero de 2009)
Mientras espero me envíen las fotografías de mi abuelo Francisco Garnham y mi abuela Cristina Pérez para diseñar una imagen fotográfica inexistente, reviso los criterios que hacen que una familia constituya lo que se entiende por árbol genealógico, que para mi opinión, mas bien corresponde a los datos identitarios de un grupo que lo hace irrepetible y distintivo de cualquier otro. Aquí los alcances heráldicos me parecen bastante cursi por lo que prefiero hablar de identidad. Claro, la genética cumple su rol también, pero me interesa más lo referido a temas de comportamiento cultural, como los valores de la decencia, el respeto mutuo, el disfrute de un buen plato de comida cacera junto a un también buen vaso de vino tinto; el respeto por la democracia y la justicia en esa misma mesa, a la hora de la sobremesa como también en la calle, o en el trabajo frente al jefe o siendo el jefe.

El envío de estas imágenes correspondería en formato digital que se haría sobre esas fotografías en blanco y negro, de seguro sepiadas por el paso del tiempo. Así me las han descrito (o imagino).
Reviso otras fotos antiguas como la que cuelga en una pared de mi casa que corresponde al retrato juvenil de los padres de Mabel en una antigua técnica que consistía en aplicar colores apastelados sobre rígidas vestimentas falsas, todo sobre un fondo verde aguachento. Con esta técnica, fue la primera vez que se vio el color en el álbum familiar chileno. En el caso que a mi me toca, y como secuencia lógica de un rápido vistazo al avance tecnológico de la imagen fotográfica, aplicaré herramientas de que dispone el programa Photoshop, como sombra paralela para destacar los contornos del fondo o el tampón de clonar para eliminar las grietas del añoso papel y llevar la imagen a cmyk porque aunque sea blanco y negro el resultado en este modo es más óptimo. Con este recurso actual se obtiene un buen y rápido control sobre la definición de la imagen, pero como queda guardado en el computador se deja en desuso la práctica de ojear el álbum de fotos en la soledad de la pena o en la exhibición pública cuando se acaban los temas en la reunión con los amigos.

Volviendo a mi encargo, es una tarea donde me comprometo emotivamente y donde ojala contara con los elementos de memoria necesarios. Sólo recuerdo a la abuela; pequeña pero fuerte, con su pelo cano y sus manos delgadas capaces de cocinar el placer en la concurrida mesa familiar. A mi abuelo ni siquiera mi padre lo conoció ya que la familia queda bajo el cuidado matriarcal cuando recién era un niño. Esto, más o menos hace setenta años. Lo otro es escudriñar en la historia desde el relato de los más viejos, los que van quedando, o darse a la tarea investigativa en antiguos libros del Registro Civil.

Menciono también a los hermanos de mi padre. Al tío Emilio que recientemente lo dejamos junto a su esposa quien lo esperaba desde hacía muchos años en su sepultura sureña. De Los Ángeles cada cierto tiempo visitaba la casa maternal anunciando su llegada con un singular bocinazo que se hacía escuchar apenas asomaba la punta del Fiat 1500 por la calle Santa Julia. A lo mejor era allí cuando se asomaba el tío Lucho desde “El Colo-Colo” dejando inconcluso el medio pato de tinto y la discusión con los compañeros de barra sobre los aciertos y avances de la Unidad Popular o de lo preciso del discurso del Compañero Presidente.
Antes de ellos, y cuando jugábamos en los hoyos del nuevo alcantarillado como si fueran verdaderas trincheras, adentro, en la casa, velaban al tío Fato. Alto y delgado, con una chomba tejida a mano por alguna de sus hermanas y calzando alpargatas de mezclilla, caminábamos en ese tiempo largas cuadras hacia unos talleres mecánicos detrás de la Chiprodal

Las tías Nena y Tanita siempre han tejido; primero con unos cables, uniendo un teléfono con otro en un panel que controlaba todas las conversaciones del pueblo. Tejían tramas con un punto tipo telefónico. Luego la lana. Vinieron las innumerables chombas que todos lucíamos en cualquier época del año, con distintos tipos de puntos, diverso colores y diseños. La Tani siempre aparecía huincha en mano para tomarnos las medidas. Hoy, cansadas y achacosas dejan de lado las dolencias para seguir trabajando por nosotros. La tía Maruja significaba para mi, la modernidad. No estaba vinculada a lo pueblerino como nosotros, y su sonrisa capitalina persiste cuando retorna junto a su madre y hermanas, más bien creo que se limpia de la contaminación y del ruido.

Y finalmente mi padre, sólo decir de él que lo quiero mucho.
Jaime Garnham

miércoles, 26 de noviembre de 2008

MONUMENTO A LOS DETENIDOS DESAPARECIDOS Y EJECUTADOS POLITICOS

El bandejón central de la Avenida Brasil en Valparaíso concentra la mayoría del patrimonio escultórico clásico de la ciudad. Es un recorrido lineal donde se pueden encontrar tridimensionales alusiones a personajes y reconocimientos a instituciones desde este lenguaje volumétrico. De todos ellos quiero destacar el memorial de las victimas desaparecidas y ejecutadas por la dictadura.

La escultura “Monumento a los Detenidos Desaparecidos y Ejecutados Políticos durante la Dictadura Militar, 11 septiembre 1973-10 marzo 1990”; es una gran ola marina formada por 86 láminas de metal que pretende devolver a sus familias y a la justicia los cuerpos de los ejecutados junto al mar por otros porteños de uniforme.

El mar significa entonces un elemento unitario al momento de leer esta escultura.

El mar en este caso, constituye una suerte de Campo Santo para los cuerpos que se quedaron sin retornar a tierra firme. En contextualización funera quedará para siempre en evidencia la responsabilidad de la Armada de Chile a través de cientos de casos de violaciones a los derechos humanos ocurridos sistemáticamente en La Esmeralda (que todavía navega por las aguas de la impunidad), como también en el Lebu y el Maipo, naves de la Sudamericana de Vapores, propiedad del recientemente fallecido empresario católico Ricardo Claro.

En otro aspecto, será la brisa que llega del mar cargada de sal y humedad la que marcará el paso del tiempo en esta estructura igual como lo hace con el vecino edificio del Duoc generando un dialogo armonioso desde el oxido. Luego de leer la primera docena de los ciento setenta y cinco nombres inscritos en el memorial se puede sentir el olor del mar que revienta a escasas cuadras de allí, eso sí, antes de que el aroma del café salga expulsado por la chimenea de la esquina contraria inundando apetitosamente todo el sector.

Y cuando todos pensábamos que la más brutal practica asesina quedaría en el historial sicótico golpista, en 1987 terminan lanzados al mar cinco jóvenes, dos de ellos habitantes de los populares cerros Playa Ancha y Dieciocho.


Otro elemento que destaco en esta escultura es que posee una disposición horizontal a diferencia de la vertical de la mayoría de los otros monumentos y torsos que se emplazan a lo largo de la Avenida Brasil entre palmeras, perros vagos con amos eventuales también vagos, que convierten los escaños parejeros en dormitorios transitorios para pasar la noche ermitaña.

La verticalidad tiene por lo general la pretensión de proyectar el concepto o personaje hasta el punto de llegar a tocar el cielo con las manos, en cambio la horizontabilidad de esta escultura la deja absolutamente a escala humana, con los pies en la tierra, bien puestos en este pedazo de tierra porteña, lugar de donde nunca debieron ser sacados estos 175 hombres y mujeres que aquí son recordados.

Jaime Garnham

martes, 18 de noviembre de 2008

EL ULTIMO AFICHE DE GONZALO MUÑOZ

El 22 de noviembre se realiza en el Cementerio 3 de Playa Ancha la actividad en homenaje a Gonzalo Muñoz tras 23 años de su asesinato en la Cárcel Pública de Valparaíso, hoy Parque Cultural ex-Cárcel.
En los preparativos de ésta, me resulta algo extraña una constatación etárea. Comentaba hace muy poco en un grupo de amigos que pareciera que esos ochenteros años estuvieran a la vuelta de la esquina y no es así. Hay veces que me cuesta relacionar la data de estos terribles y penosos sucesos con, por ejemplo, el paralelo escenario desde la primera vez que vi a mi hija Lirayen. Y digo paralelo porque justo, por el otro riel y por el del lado, corren juntos la rabiosa memoria a parejas con la vida en pleno vigor de nuestros hijos que aprendieron a caminar hace un poco más de veinte años.

1. Los Ocupantes
Hace poco tiempo atrás fuimos citados a una reunión de organizaciones sociales porteñas (ciudadanas se llaman algunas) para coordinar acciones en defensa y de consulta sobre posiciones referidas al caso de la ex-cárcel. Todos allí se denominaban ocupantes, es decir, que de alguna u otra manera ejercían el uso de esos añosos metros cuadrados, implementando en el carcelario recinto prácticas artísticas de todo tipo, explicando cada uno de ellos las mejores cualidades, las más masivas unas, las más legítimas otras, o las de mayor contenido de arte popular antisistémico las más under.
Cuando se acerca mi turno en la ronda de opiniones, me recuerdo de la reunión partidaria ochentera haciendo uso cronométrico de ese instrumento democrático diseñado para opinar sobre lo que ya estaba sancionado. Y cuando todos me escuchan, sólo atino a expresar que nosotros, la organización que tratamos de conformar hoy, nunca nos preocupamos ni nos propusimos materializar nuestra presencia en este recinto, creo que debido a la carga sentimental que este enrejado espacio contiene, que aplasta el pecho y la memoria a tal punto que hace saltar las lágrimas. Digo: nosotros no somos ocupantes del parque cultural pero nuestros compañeros presos políticos si lo fueron y particularmente Gonzalo, que es quien nos convoca a seguir trabajando juntos aunque resulte difícil (o terapéutico).


2. El ultimo afiche
Como en otras ocasiones, me corresponde trabajar en el dato escenográfico del acto. Anteriormente me había tocado compartir esta pega con Pajarito, el incansable muralista porteño, abordando la matanza obrera de la Escuela Santa María de Iquique. Ahí se trataba de trabajar el cambio de nombre a la calle Pedro Montt por la responsabilidad que a nuestro entender le cabe al oligarca presidente en nuestro pictórico juicio histórico.
Ahora me enfrento a un proyecto especial, no menor, ya que resulta mas cercano y sensible. Pero en mi caso, este tratamiento visual de memoria me resulta como la visualización de una imagen difusa. Me pasa como a los niños que de tanto relato y citas fotográficas de los otros asumen como propios los recuerdos del abuelo ausente desde la primera infancia. Yo no conocí a Gonzalo ni el a mi (nos presentaron sólo una vez en la controlada visita PP). La cruda realidad es que yo tuve mas tiempo que él como para enmendar y emprender en lo que pudo haber sido una amistad como la que mantengo con mis cuarentones amigos del colectivo 19 de noviembre.

Pero frente a mi existe un afiche impreso en serigrafía, a mano, que ya ha perdido ese inconfundible olor oleográfico. Si fuera el único que se conserva, conforma una verdadera pieza museografía. Es una contundente mancha roja, impresa con rabia y pena donde se poetiza con un texto casi ilegible también rabioso. Y sobre el color, el rostro colegial de Gonzalo que todavía no evidencia la dureza de los golpes tras conocer la realidad de la dictadura en el cuerpo. Ese rostro que apenas recuerdo.
Jaime Garnham

lunes, 10 de noviembre de 2008

AFICHE DE UNA CARRERA PORTUARIA

La tercera Media Maratón del Puerto de Valparaíso, realizada a fines de septiembre y donde aparecen siglas convocantes como TPS, EPV, Puerto Barón entre otras; me llama la atención a través de un afiche todavía pegado en el parabrisas trasero de una micro (aunque ya estemos en noviembre). Antes me había quedado con esta imagen promocional ampliada en gigantografía sólo a través de una observación rápida y sin mayor detención, producto de la saturación visual de la ciudad causada por cientos de rostros impresos en campaña a cinco mil pesos el metro cuadrado. Era una gigantografía instalada en terreno portuario; un panel de proporciones que siempre se usa como experimento subliminal para difundir las bondades del proyecto Borde Costero.

Esta imagen corporativa muestra a un personaje en plena acción deportiva, dejando atrás de su atlética carrera, una reconocible fachada de postal porteña. Ciertamente, es una fachada de la arquitectura del paisaje patrimonial, un reflejo del habitar burgués de tiempos del esplendor, una arquitectura que interesa mostrar y rehabilitar. Es la que recorren los gringos embetunados en bloqueador solar, reconociendo talvez con algo de decepción que en sus países se encuentran los originales.

Aquí no se muestra la arquitectura popular, esa que se hace de apoco, a pulso, con materiales sobrantes de proyectos anteriores o restos provenientes de la solidaridad cachurera siempre bien recibidos ya que en algún momento pueden servir para algo.
Estos conchos y recortes hacen que el paisaje urbano de la Avenida Alemania para arriba parezca un mosaico ordenadamente descontrolado en cuanto a formas y colores. Hay volúmenes construidos indiscriminadamente con internit, cinc y maderas; una mezcla de soluciones económicas donde muy bien la Martelina oculta la procedencia sucedánea de materiales que con esfuerzo y dignidad dibujan estas hogareñas estructuras populares.

Los colores pueden encontrarse sin consulta al Pantone, da lo mismo. Aquí lo importante es tener la posibilidad, en algún momento, de aplicar una manito de gato. No son como los colores en el afiche que comento, donde se utiliza una paleta cromática tan ajena a la tradicional (o más bien verdaderamente patrimonial) brocha gorda porteña de los padres o abuelos.

En otra dirección, no tengo idea del nombre del atleta que ganó la competencia. Debe ser un marino de esos que se la pasan corriendo todo el día por la costanera entre Las Torpederas y la Caleta El Membrillo (¿en qué trabajaran estas personas que tienen tanto tiempo disponible para trotar por la orilla playanchina?). Más bien se puede identificar a los que perdieron.

Perdimos en realidad los trabajadores portuarios y los porteños que nos oponemos a la transformación del borde costero en una planicie costera de especulación inmobiliaria, con mall y comida chatarra incluida. Convocados estamos a ver cuando firman la aprobación las nuevas autoridades edilicias.