Tengo colgada una fotografía enmarcada en madera chilena
en una de las paredes de mi dormitorio,
donde aparezco con un rostro que no quisiera,
destiñendo en esa profunda escena
que conforman mi madre al lado mio,
y al lado de ella, su madre.
Debo señalar por cierto, que hubo otra,
una que sólo conocí
como acompañante infante
en el Cementerio General de Santiago.
Pero sin duda alguna,
ésta, la de la foto,
cubrió a borbotones
la ausencia irremediable de las circunstancias.
Creo que es la única ocasión gráfica
que las tengo físicamente conmigo,
egoístamente conmigo.
Pero ¿de qué otra manera podría ser?
Mis acompañantes en pose fotográfica
dirían a coro: espiritualmente mijito!!
Desde mi racionalidad reconocida
debo no más que asentir,
porque aquí estamos hablando de amor,
de piel,
con la memoria viva, cada día mío.
En ese mismo muro
hay entre otras,
dos fotografías donde aparecen mis dos hijos,
muy chiquititos.
Las miro desde mi cama
acurrucado a mi mujer,
la que escogí
para que los pariéramos.
Habana/Recreo, 2010
No hay comentarios:
Publicar un comentario