(Texto escrito para ser leído en el encuentro familiar del 3 de enero de 2009)
Mientras espero me envíen las fotografías de mi abuelo Francisco Garnham y mi abuela Cristina Pérez para diseñar una imagen fotográfica inexistente, reviso los criterios que hacen que una familia constituya lo que se entiende por árbol genealógico, que para mi opinión, mas bien corresponde a los datos identitarios de un grupo que lo hace irrepetible y distintivo de cualquier otro. Aquí los alcances heráldicos me parecen bastante cursi por lo que prefiero hablar de identidad. Claro, la genética cumple su rol también, pero me interesa más lo referido a temas de comportamiento cultural, como los valores de la decencia, el respeto mutuo, el disfrute de un buen plato de comida cacera junto a un también buen vaso de vino tinto; el respeto por la democracia y la justicia en esa misma mesa, a la hora de la sobremesa como también en la calle, o en el trabajo frente al jefe o siendo el jefe.
El envío de estas imágenes correspondería en formato digital que se haría sobre esas fotografías en blanco y negro, de seguro sepiadas por el paso del tiempo. Así me las han descrito (o imagino).
Reviso otras fotos antiguas como la que cuelga en una pared de mi casa que corresponde al retrato juvenil de los padres de Mabel en una antigua técnica que consistía en aplicar colores apastelados sobre rígidas vestimentas falsas, todo sobre un fondo verde aguachento. Con esta técnica, fue la primera vez que se vio el color en el álbum familiar chileno. En el caso que a mi me toca, y como secuencia lógica de un rápido vistazo al avance tecnológico de la imagen fotográfica, aplicaré herramientas de que dispone el programa Photoshop, como sombra paralela para destacar los contornos del fondo o el tampón de clonar para eliminar las grietas del añoso papel y llevar la imagen a cmyk porque aunque sea blanco y negro el resultado en este modo es más óptimo. Con este recurso actual se obtiene un buen y rápido control sobre la definición de la imagen, pero como queda guardado en el computador se deja en desuso la práctica de ojear el álbum de fotos en la soledad de la pena o en la exhibición pública cuando se acaban los temas en la reunión con los amigos.
Volviendo a mi encargo, es una tarea donde me comprometo emotivamente y donde ojala contara con los elementos de memoria necesarios. Sólo recuerdo a la abuela; pequeña pero fuerte, con su pelo cano y sus manos delgadas capaces de cocinar el placer en la concurrida mesa familiar. A mi abuelo ni siquiera mi padre lo conoció ya que la familia queda bajo el cuidado matriarcal cuando recién era un niño. Esto, más o menos hace setenta años. Lo otro es escudriñar en la historia desde el relato de los más viejos, los que van quedando, o darse a la tarea investigativa en antiguos libros del Registro Civil.
Menciono también a los hermanos de mi padre. Al tío Emilio que recientemente lo dejamos junto a su esposa quien lo esperaba desde hacía muchos años en su sepultura sureña. De Los Ángeles cada cierto tiempo visitaba la casa maternal anunciando su llegada con un singular bocinazo que se hacía escuchar apenas asomaba la punta del Fiat 1500 por la calle Santa Julia. A lo mejor era allí cuando se asomaba el tío Lucho desde “El Colo-Colo” dejando inconcluso el medio pato de tinto y la discusión con los compañeros de barra sobre los aciertos y avances de la Unidad Popular o de lo preciso del discurso del Compañero Presidente.
Antes de ellos, y cuando jugábamos en los hoyos del nuevo alcantarillado como si fueran verdaderas trincheras, adentro, en la casa, velaban al tío Fato. Alto y delgado, con una chomba tejida a mano por alguna de sus hermanas y calzando alpargatas de mezclilla, caminábamos en ese tiempo largas cuadras hacia unos talleres mecánicos detrás de la Chiprodal
Las tías Nena y Tanita siempre han tejido; primero con unos cables, uniendo un teléfono con otro en un panel que controlaba todas las conversaciones del pueblo. Tejían tramas con un punto tipo telefónico. Luego la lana. Vinieron las innumerables chombas que todos lucíamos en cualquier época del año, con distintos tipos de puntos, diverso colores y diseños. La Tani siempre aparecía huincha en mano para tomarnos las medidas. Hoy, cansadas y achacosas dejan de lado las dolencias para seguir trabajando por nosotros. La tía Maruja significaba para mi, la modernidad. No estaba vinculada a lo pueblerino como nosotros, y su sonrisa capitalina persiste cuando retorna junto a su madre y hermanas, más bien creo que se limpia de la contaminación y del ruido.
Y finalmente mi padre, sólo decir de él que lo quiero mucho.
El envío de estas imágenes correspondería en formato digital que se haría sobre esas fotografías en blanco y negro, de seguro sepiadas por el paso del tiempo. Así me las han descrito (o imagino).
Reviso otras fotos antiguas como la que cuelga en una pared de mi casa que corresponde al retrato juvenil de los padres de Mabel en una antigua técnica que consistía en aplicar colores apastelados sobre rígidas vestimentas falsas, todo sobre un fondo verde aguachento. Con esta técnica, fue la primera vez que se vio el color en el álbum familiar chileno. En el caso que a mi me toca, y como secuencia lógica de un rápido vistazo al avance tecnológico de la imagen fotográfica, aplicaré herramientas de que dispone el programa Photoshop, como sombra paralela para destacar los contornos del fondo o el tampón de clonar para eliminar las grietas del añoso papel y llevar la imagen a cmyk porque aunque sea blanco y negro el resultado en este modo es más óptimo. Con este recurso actual se obtiene un buen y rápido control sobre la definición de la imagen, pero como queda guardado en el computador se deja en desuso la práctica de ojear el álbum de fotos en la soledad de la pena o en la exhibición pública cuando se acaban los temas en la reunión con los amigos.
Volviendo a mi encargo, es una tarea donde me comprometo emotivamente y donde ojala contara con los elementos de memoria necesarios. Sólo recuerdo a la abuela; pequeña pero fuerte, con su pelo cano y sus manos delgadas capaces de cocinar el placer en la concurrida mesa familiar. A mi abuelo ni siquiera mi padre lo conoció ya que la familia queda bajo el cuidado matriarcal cuando recién era un niño. Esto, más o menos hace setenta años. Lo otro es escudriñar en la historia desde el relato de los más viejos, los que van quedando, o darse a la tarea investigativa en antiguos libros del Registro Civil.
Menciono también a los hermanos de mi padre. Al tío Emilio que recientemente lo dejamos junto a su esposa quien lo esperaba desde hacía muchos años en su sepultura sureña. De Los Ángeles cada cierto tiempo visitaba la casa maternal anunciando su llegada con un singular bocinazo que se hacía escuchar apenas asomaba la punta del Fiat 1500 por la calle Santa Julia. A lo mejor era allí cuando se asomaba el tío Lucho desde “El Colo-Colo” dejando inconcluso el medio pato de tinto y la discusión con los compañeros de barra sobre los aciertos y avances de la Unidad Popular o de lo preciso del discurso del Compañero Presidente.
Antes de ellos, y cuando jugábamos en los hoyos del nuevo alcantarillado como si fueran verdaderas trincheras, adentro, en la casa, velaban al tío Fato. Alto y delgado, con una chomba tejida a mano por alguna de sus hermanas y calzando alpargatas de mezclilla, caminábamos en ese tiempo largas cuadras hacia unos talleres mecánicos detrás de la Chiprodal
Las tías Nena y Tanita siempre han tejido; primero con unos cables, uniendo un teléfono con otro en un panel que controlaba todas las conversaciones del pueblo. Tejían tramas con un punto tipo telefónico. Luego la lana. Vinieron las innumerables chombas que todos lucíamos en cualquier época del año, con distintos tipos de puntos, diverso colores y diseños. La Tani siempre aparecía huincha en mano para tomarnos las medidas. Hoy, cansadas y achacosas dejan de lado las dolencias para seguir trabajando por nosotros. La tía Maruja significaba para mi, la modernidad. No estaba vinculada a lo pueblerino como nosotros, y su sonrisa capitalina persiste cuando retorna junto a su madre y hermanas, más bien creo que se limpia de la contaminación y del ruido.
Y finalmente mi padre, sólo decir de él que lo quiero mucho.
Jaime Garnham