CEMENTERIO PLAYA ANCHA
VAPARAÍSO, 22 DE NOVIEMBRE 2009
Las lágrimas que el Coloro dejó el año pasado en este mismo lugar, acusan la pena y la rabia de la ausencia. Cada año en esta fecha y en un acto lo más cercano a lo militante posible, nos convocamos y reencontramos los mismos nostálgicos amigos y compañeros ochenteros para recordar al Chagui, que como ya se ha dicho en otras ocasiones, le toco morir en el lugar de cualquiera de nosotros.
Nuestra agrupación justamente toma por nombre el día de su muerte, y no directamente el de Gonzalo Muñoz que pareciera ser lo más lógico, ya que esta fecha nos cayó dura como guillotina marcando una diferencia en la práctica política hasta ahí abordada por nosotros, donde la impulsividad de la juventud, planificada o no, esquivaba con suerte o ingenio los zarpazos de la dictadura que siempre nos pisaba los talones. Ese 19 de noviembre de 1985 la muerte golpeó la puerta justo al lado de nosotros y la abrió un joven con 19 años recién cumplidos. Hoy nuestros hijos tienen esa misma edad e incluso más, y no puedo imaginar que alguien a esos cortos años caiga herido de muerte en un frío y asqueroso piso carcelario, cumpliendo una condena redactada por fiscales protegidamente en retiro.
Y como Gonzalo, otros jóvenes porteños lucharon todos los días hasta el último que nunca más vieron amanecer; como Luís Tamayo corriendo hacia la vida, saltando muros, escabulléndose hasta donde más no pudo; Carmen Gloria Larenas en su infinita juventud pobladora, con sus sueños vivos, encontrándose con una bala que nunca debió seguir ese recorrido mortal de mierda; el Zuki, Nelson Garrido, de seguro sonriendo hasta justo antes de que su cuerpo se diseminara por el espacio conspirativo, abarcando longitudes más allá de la libertad inalcanzable que siempre buscó recoger con sus propias manos; Marcelo Barrios que hace tres meses se cumplieron los veinte años de su asesinato. Estaban reservadas las últimas balas de la dictadura esperando a Marcelo ese 31 de agosto de 1989 para masacrarlo indefenso, todos contra uno, en su casa del Cerro Yungay, estableciendo también con todo descaro que habría impunidad, que la Marina no sería inculpada, que la Esmeralda seguiría navegando manchada de sangre, saludada con pañuelos blancos al viento y honores de la democracia. El Buque-Escuela, blanco orgullo milico y de la transición; cárcel flotante que todavía no limpia su pasado ni siquiera por un mínimo de respecto a las víctimas.
Me pregunto si valió la pena. Si fue necesario haber agotado hasta la última gota de sangre, hasta la última gota de vida para conseguir esta democracia cagona que nos sobró de la negociación o se nos impuso producto de nuestros propios errores o imprecisiones. Le preguntaría primero a sus familiares, a sus madres si valió la pena… después le preguntaría a la historia y al Partido. Le preguntaría también a quienes todavía no encuentran al Lolo Sepúlveda y a Jano Pinochet, que ni siquiera se les puede traer una flor a este cementerio.
Es la muerte que camina amarrada indisoluble a la justicia y la libertad o la vida que corre tan acelerada en su búsqueda. Por allí pareciera estar la respuesta porque de otra forma no entendería como es que se nos fue tan hermosa y plena juventud, tan necesario destacamento de jóvenes luchadores. Por eso es que el recuerdo de nuestros muertos es también el reconocimiento de la forma de haber enfrentado la política en un momento histórico concreto, con la necesidad y la urgencia requerida.
Ciertamente la pena y la rabia.
Arde cada poro nuestro cuando el Melqui enciende angustiado su cuerpo todavía encerrado en una cárcel del sur. O cuando el Barba de La Católica que había sorteado con éxito por tantos años a la dictadura, en el abrazo amoroso con su mujer a poco de haber retornado, esta vez, una bala punga, injustificada, no permite crecer esta familia ni que hoy asistiera a este acto. O cuando el Giorgio no soporta más, cuando la luz de su cámara no es suficiente para retenerlo.
Como no seguir con esta pena y esta rabia si el corazón nos sigue latiendo y al mismo lado.
Evidentemente que la rabia se mantiene porque el sistema que la provoca carece de todo sentido, de toda justicia, no tiene la más mínima consideración ni humanidad.
Se mantiene cuando el gobierno tiene cercado militarmente al pueblo Mapuche, cuando se les aplica la ley antiterrorista o cuando en un gesto incomprensible, la Presidenta nombra al Comandante en Jefe del Ejército afectada al parecer por el Síndrome de Estocolmo.
Pero miramos hacia adelante. Los niños como los que iniciaron este acto ciertamente que nos ayudan en este sentido, en retomar la esperanza, con la pureza de sus ideas sanas. Miramos hacia adelante pero reivindicando nuestra historia y pasado, sabiendo que estos dos elementos constituyen nuestra base genética; pasado que se presenta con toda la honestidad y con toda la fuerza de la razón.
Estos y otros niños observarán también en este período una ciudad plagada de retratos sonrientes y momios, cuidadosamente dadivosos, diseñados de acuerdo a lo que determinan las leyes de la publicidad y no precisamente las leyes de la decencia. Bueno, ésta es la otra historia, la que no teníamos programada, la que no se discutía en la mesa clandestina ni mucho menos en la barricada. Habrá que hacer lo que es correcto hacer.
Por lo pronto, institucionalizar esta fecha del 19 de noviembre, dentro del cronograma regional como la conmemoración y homenaje a los jóvenes porteños caídos en dictadura, no como acciones íntimas si no como manifestación popular, como tema reivindicativo en materia de Derechos Humanos y también como sistematización de un conjunto de acciones sobre Memoria Histórica para promover su reconocimiento, estudio, investigación, difusión y puesta en valor del trabajo, que no me cabe duda será de gran importancia para la lectura objetiva de las nuevas generaciones.
Y para quienes integramos el Colectivo 19 de Noviembre; recuperar las ganas y la confianza, a partir de la evaluación que nos permiten hacer estos cuatro años de trabajo colectivo, para que el acto de homenaje del próximo año sea lo más amplio y masivo posible, como en las primeras jornadas realizadas a puro corazón, que significaron instalar tanto la reivindicación histórica y el reconocimiento hacia nuestros compañeros como la legitimidad de nuestro trabajo organizacional. Para reinventarnos en la ampliación de nuevas propuestas. Para revitalizarnos en la acción cultural y política.
Para finalizar, un reconocimiento a los familiares y amigos de Miguel Woodward quienes han abierto este bello y emotivo anfiteatro que permite juntarnos y reivindicar a todos los luchadores sociales; un cariño inmenso para Gladis Aravena, la madre del Chagui y a todas las madres y familiares de nuestros compañeros que hoy recordamos en este homenaje. Un beso inmenso y agradecimientos también para la Yuli por su paciencia maternal que nos entrega a todos y un recuerdo eterno a la humildad ilimitada de la Margarita de La Loma.
Jaime Garnham
lunes, 23 de noviembre de 2009
jueves, 13 de agosto de 2009

Saramago le advierte a la nerviosa y socialista sonrisa de Bachelet que ponga atención a la reivindicación mapuche (al parecer la única diferencia en la maternal estrategia concertacionista es que la presidenta usa faldas. El resto, el tratamiento de justicia, lo real, sigue igual y peor).
Rosende justifica a los pacos.
Perez Lloma se reune por dos horas con el cura Goic (parece que el pecado es grande)
Y el gobierno sigue negando la condición política de los presos mapuche.
Y el gobierno mantiene sitiado el territorio.
Y para las comunidades mapuche la rabia, el llanto, la impotencia.
.......................
Jaime Garnham
Con Con, 13 de agosto
lunes, 5 de enero de 2009
LOS GARNHAM DE GRANEROS
(Texto escrito para ser leído en el encuentro familiar del 3 de enero de 2009)
Mientras espero me envíen las fotografías de mi abuelo Francisco Garnham y mi abuela Cristina Pérez para diseñar una imagen fotográfica inexistente, reviso los criterios que hacen que una familia constituya lo que se entiende por árbol genealógico, que para mi opinión, mas bien corresponde a los datos identitarios de un grupo que lo hace irrepetible y distintivo de cualquier otro. Aquí los alcances heráldicos me parecen bastante cursi por lo que prefiero hablar de identidad. Claro, la genética cumple su rol también, pero me interesa más lo referido a temas de comportamiento cultural, como los valores de la decencia, el respeto mutuo, el disfrute de un buen plato de comida cacera junto a un también buen vaso de vino tinto; el respeto por la democracia y la justicia en esa misma mesa, a la hora de la sobremesa como también en la calle, o en el trabajo frente al jefe o siendo el jefe.
El envío de estas imágenes correspondería en formato digital que se haría sobre esas fotografías en blanco y negro, de seguro sepiadas por el paso del tiempo. Así me las han descrito (o imagino).
Reviso otras fotos antiguas como la que cuelga en una pared de mi casa que corresponde al retrato juvenil de los padres de Mabel en una antigua técnica que consistía en aplicar colores apastelados sobre rígidas vestimentas falsas, todo sobre un fondo verde aguachento. Con esta técnica, fue la primera vez que se vio el color en el álbum familiar chileno. En el caso que a mi me toca, y como secuencia lógica de un rápido vistazo al avance tecnológico de la imagen fotográfica, aplicaré herramientas de que dispone el programa Photoshop, como sombra paralela para destacar los contornos del fondo o el tampón de clonar para eliminar las grietas del añoso papel y llevar la imagen a cmyk porque aunque sea blanco y negro el resultado en este modo es más óptimo. Con este recurso actual se obtiene un buen y rápido control sobre la definición de la imagen, pero como queda guardado en el computador se deja en desuso la práctica de ojear el álbum de fotos en la soledad de la pena o en la exhibición pública cuando se acaban los temas en la reunión con los amigos.
Volviendo a mi encargo, es una tarea donde me comprometo emotivamente y donde ojala contara con los elementos de memoria necesarios. Sólo recuerdo a la abuela; pequeña pero fuerte, con su pelo cano y sus manos delgadas capaces de cocinar el placer en la concurrida mesa familiar. A mi abuelo ni siquiera mi padre lo conoció ya que la familia queda bajo el cuidado matriarcal cuando recién era un niño. Esto, más o menos hace setenta años. Lo otro es escudriñar en la historia desde el relato de los más viejos, los que van quedando, o darse a la tarea investigativa en antiguos libros del Registro Civil.
Menciono también a los hermanos de mi padre. Al tío Emilio que recientemente lo dejamos junto a su esposa quien lo esperaba desde hacía muchos años en su sepultura sureña. De Los Ángeles cada cierto tiempo visitaba la casa maternal anunciando su llegada con un singular bocinazo que se hacía escuchar apenas asomaba la punta del Fiat 1500 por la calle Santa Julia. A lo mejor era allí cuando se asomaba el tío Lucho desde “El Colo-Colo” dejando inconcluso el medio pato de tinto y la discusión con los compañeros de barra sobre los aciertos y avances de la Unidad Popular o de lo preciso del discurso del Compañero Presidente.
Antes de ellos, y cuando jugábamos en los hoyos del nuevo alcantarillado como si fueran verdaderas trincheras, adentro, en la casa, velaban al tío Fato. Alto y delgado, con una chomba tejida a mano por alguna de sus hermanas y calzando alpargatas de mezclilla, caminábamos en ese tiempo largas cuadras hacia unos talleres mecánicos detrás de la Chiprodal
Las tías Nena y Tanita siempre han tejido; primero con unos cables, uniendo un teléfono con otro en un panel que controlaba todas las conversaciones del pueblo. Tejían tramas con un punto tipo telefónico. Luego la lana. Vinieron las innumerables chombas que todos lucíamos en cualquier época del año, con distintos tipos de puntos, diverso colores y diseños. La Tani siempre aparecía huincha en mano para tomarnos las medidas. Hoy, cansadas y achacosas dejan de lado las dolencias para seguir trabajando por nosotros. La tía Maruja significaba para mi, la modernidad. No estaba vinculada a lo pueblerino como nosotros, y su sonrisa capitalina persiste cuando retorna junto a su madre y hermanas, más bien creo que se limpia de la contaminación y del ruido.
Y finalmente mi padre, sólo decir de él que lo quiero mucho.
El envío de estas imágenes correspondería en formato digital que se haría sobre esas fotografías en blanco y negro, de seguro sepiadas por el paso del tiempo. Así me las han descrito (o imagino).
Reviso otras fotos antiguas como la que cuelga en una pared de mi casa que corresponde al retrato juvenil de los padres de Mabel en una antigua técnica que consistía en aplicar colores apastelados sobre rígidas vestimentas falsas, todo sobre un fondo verde aguachento. Con esta técnica, fue la primera vez que se vio el color en el álbum familiar chileno. En el caso que a mi me toca, y como secuencia lógica de un rápido vistazo al avance tecnológico de la imagen fotográfica, aplicaré herramientas de que dispone el programa Photoshop, como sombra paralela para destacar los contornos del fondo o el tampón de clonar para eliminar las grietas del añoso papel y llevar la imagen a cmyk porque aunque sea blanco y negro el resultado en este modo es más óptimo. Con este recurso actual se obtiene un buen y rápido control sobre la definición de la imagen, pero como queda guardado en el computador se deja en desuso la práctica de ojear el álbum de fotos en la soledad de la pena o en la exhibición pública cuando se acaban los temas en la reunión con los amigos.
Volviendo a mi encargo, es una tarea donde me comprometo emotivamente y donde ojala contara con los elementos de memoria necesarios. Sólo recuerdo a la abuela; pequeña pero fuerte, con su pelo cano y sus manos delgadas capaces de cocinar el placer en la concurrida mesa familiar. A mi abuelo ni siquiera mi padre lo conoció ya que la familia queda bajo el cuidado matriarcal cuando recién era un niño. Esto, más o menos hace setenta años. Lo otro es escudriñar en la historia desde el relato de los más viejos, los que van quedando, o darse a la tarea investigativa en antiguos libros del Registro Civil.
Menciono también a los hermanos de mi padre. Al tío Emilio que recientemente lo dejamos junto a su esposa quien lo esperaba desde hacía muchos años en su sepultura sureña. De Los Ángeles cada cierto tiempo visitaba la casa maternal anunciando su llegada con un singular bocinazo que se hacía escuchar apenas asomaba la punta del Fiat 1500 por la calle Santa Julia. A lo mejor era allí cuando se asomaba el tío Lucho desde “El Colo-Colo” dejando inconcluso el medio pato de tinto y la discusión con los compañeros de barra sobre los aciertos y avances de la Unidad Popular o de lo preciso del discurso del Compañero Presidente.
Antes de ellos, y cuando jugábamos en los hoyos del nuevo alcantarillado como si fueran verdaderas trincheras, adentro, en la casa, velaban al tío Fato. Alto y delgado, con una chomba tejida a mano por alguna de sus hermanas y calzando alpargatas de mezclilla, caminábamos en ese tiempo largas cuadras hacia unos talleres mecánicos detrás de la Chiprodal
Las tías Nena y Tanita siempre han tejido; primero con unos cables, uniendo un teléfono con otro en un panel que controlaba todas las conversaciones del pueblo. Tejían tramas con un punto tipo telefónico. Luego la lana. Vinieron las innumerables chombas que todos lucíamos en cualquier época del año, con distintos tipos de puntos, diverso colores y diseños. La Tani siempre aparecía huincha en mano para tomarnos las medidas. Hoy, cansadas y achacosas dejan de lado las dolencias para seguir trabajando por nosotros. La tía Maruja significaba para mi, la modernidad. No estaba vinculada a lo pueblerino como nosotros, y su sonrisa capitalina persiste cuando retorna junto a su madre y hermanas, más bien creo que se limpia de la contaminación y del ruido.
Y finalmente mi padre, sólo decir de él que lo quiero mucho.
Jaime Garnham
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